rama de Francia socorriendo y protegiendo a la rama de Madrid, es decir, cumpliendo un deber propio del primogénito; un aparente retorno a nuestras tradiciones nacionales, complicado por la servidumbre y por la sujeción a los gabinetes del Norte; el señor duque de Angulema, apodado por los periódicos liberales «el héroe de Andújar», reprimiendo en una actitud triunfal que desmentía un poco su aire pacífico, el antiguo y poderosísimo terrorismo del Santo Oficio en desacuerdo con el terrorismo quimérico de los liberales; los sans-culottes resucitados, para gran terror de las dueñas, bajo el nombre de descamisados; la monarquía oponiendo un obstáculo al progreso calificado de anarquía; las teorías del 89 rudamente interrumpidas en su savia; un alto europeo impuesto a la idea francesa, que estaba dando la vuelta al mundo; junto al hijo de Francia como generalísimo, el príncipe de Carignano, más tarde Carlos Alberto, enrolándose como voluntario en aquella cruzada de reyes contra pueblos, con charreteras de estambre rojo de granadero; los soldados del Imperio partiendo para una nueva campaña, pero envejecidos, entristecidos tras ocho años de reposo y bajo la escarapela blanca; el estandarte tricolor tremolado por un puñado heroico de franceses, del mismo modo que lo había sido el estandarte blanco treinta años antes en Coblenza; frailes mezclados con nuestras tropas; el espíritu de libertad y de novedad devuelto a la razón por las bayonetas; los principios masacrados a cañonazos; Francia desaciendo con las armas lo que había hecho con el pensamiento; además de esto, jefes enemigos vendidos, soldados vacilantes, ciudades sitiadas por millones; ningún peligro militar, y sin embargo explosiones posibles, como en toda mina sorprendida e invadida; derramándose poca sangre, conquistándose poco honor, vergüenza para unos, gloria para nadie. Tal fue esta guerra, hecha por los príncipes descendientes de Luis XIV y dirigida por generales que habían estado bajo Napoleón. Su triste destino fue no recordar ni la gran guerra ni la gran política.
Ciertas hazañas de armas fueron serias; la toma del Trocadero, entre otras, fue una hermosa acción militar; pero a pesar de todo, lo repetimos,