atrapa corazones sin desearlo ni saberlo. Es una virgen con aspecto de mujer.
Rara vez una honda ensoñación no brota de esa mirada, allí donde se posa. Todas las purezas y todas las ingenuidades se dan cita en ese fulgor celestial y fatal que, más que todas las tiernas miradas de coqueta mejor calculadas, posee el poder mágico de hacer florecer súbitamente, en lo más hondo del alma, esa flor sombría, impregnada de perfume y de veneno, que se llama amor.
Aquella tarde, al regresar a su buhardilla, Marius echó una ojeada a sus prendas y advirtió, por primera vez, que había sido tan descuidado, indecoroso e inconcebiblemente estúpido como para ir a pasear al Luxemburgo con su «ropa de diario», es decir, con un sombrero abollado cerca de la cinta, unas botas de carretero toscas, unos pantalones negros que blanqueaban por las rodillas y una levita negra que clareaba por los codos.