la bolsa. Esta abdicación lo deja en libertad. Entonces la mujer se afana, se apasiona por manejar moneda, se mancha los dedos de cardenillo en el empeño, emprende la educación de los aparceros y la instrucción de los labradores, convoca a los letrados, preside a los notarios, arenga a los amanuenses, visita a los chisgarabís de la ley, sigue pleitos, redacta arrendamientos, dicta contratos, se siente soberana, vende, compra, reglamenta, promete y transige, ata en corto y anula, cede, concede y retrocede, arregla, desregla, atesora, despilfarra; comete locuras, deleite supremo y personal, y eso la consuela. Mientras su esposo la desdeña, ella tiene la satisfacción de arruinar a su esposo». Esta teoría se la había aplicado el propio señor Gillenormand, y se había convertido en su historia. Su esposa —la segunda— había administrado su fortuna de tal modo que, un buen día, cuando el señor Gillenormand se vio viudo, apenas le quedó lo justo para vivir, al convertir casi todo su caudal en una renta vitalicia de quince tres mil francos, de los cuales las tres cuartas partes se extinguirían con él. No había vacilado en este punto, pues no le urgía dejar una herencia a nadie. Además, había notado que los patrimonios son propensos a las aventuras y, por ejemplo, terminan siendo «bienes nacionales»; había asistido a las metamorfosis de los fondos consolidados al tres por ciento, y no tenía gran fe en el Gran Libro de la Deuda Pública. «¡Todo eso es la calle Quincampois!», decía. Su casa de la calle de las Filles-du-Calvaire le pertenecía, como ya hemos dicho. Tenía dos criados, «uno macho y otra hembra». Cuando un sirviente entraba en su casa, el señor Gillenormand lo rebautizaba. A los hombres les daba el nombre de su provincia: Nîmois, Comtois, Poitevin, Picard. Su último criado era un sujeto grandullón, achacoso y asmático de cincuenta y cinco años, incapaz de correr veinte pasos; pero, como había nacido en Bayona, el señor Gillenormand lo llamaba
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I. Noventa años y treinta y dos dientes
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