Representante—. «Ni un solo adoquín sobresale de su vecino. Está hecha de porcelana».—En ese momento, una bala rompió la cruz de su pecho y cayó.
“¡Los cobardes!”, decía la gente. “Que se muestren. ¡Que los veamos! ¡No se atreven! ¡Se están escondiendo!”
La barricada del Faubourg du Temple, defendida por ochenta hombres, atacada por diez mil, resistió durante tres días. Al cuarto, hicieron como en Zaatcha, como en Constantina, perforaron las casas, llegaron por los tejados, la barricada fue tomada. Ni uno solo de los ochenta cobardes pensó en huir, todos fueron masacrados allí a excepción del jefe, Barthélemy, del cual hablaremos dentro de un momento.
La barricada de Saint-Antoine era el tumulto de los truenos; la barricada del Temple era el silencio. La diferencia entre estos dos reductos era la diferencia entre lo formidable y lo siniestro. Una parecía una fauce; la otra, una máscara.
Admitiendo que la gigantesca y sombriza insurrección de junio estaba compuesta de una cólera y de un enigma, se adivinaba en la primera barricada al dragón, y detrás de la segunda a la esfinge.
Estas dos fortalezas habían sido erigidas por dos hombres llamados, el uno, Cournet; el otro, Barthélemy. Cournet hizo la barricada Saint-Antoine; Barthélemy, la barricada del Temple. Cada una era la imagen del hombre que la había construido.
Cournet era un hombre de elevada estatura; tenía los hombros anchos, el rostro rojo, el puño aplastante, el corazón audaz, el alma leal, la mirada sincera y terrible. Intrépido, enérgico, irascible, tempestuoso; el más cordial de los hombres,