Nadie como los desinteresados para espiar las acciones ajenas.
- ¿Por qué ese caballero nunca viene sino al caer la noche?
- ¿Por qué el señor fulano de tal nunca cuelga su llave en el clavo los martes?
- ¿Por qué toma siempre las calles estrechas?
- ¿Por qué la señora siempre se baja del coche de alquiler antes de llegar a su casa?
- ¿Por qué manda a comprar seis hojas de papel de cartas, cuando tiene «una papelería entera llena de él», etc.
Existen seres que, con el fin de obtener la llave de estos enigmas, que por otra parte no les importan en absoluto, gastan más dinero, pierden más tiempo, se toman más molestias de las que harían falta para diez buenas acciones, y eso gratuitamente, por su propio gusto, sin recibir más pago por su curiosidad que la propia curiosidad.
Seguirán a tal o cual hombre o mujer durante días enteros; harán de centinela durante horas seguidas en las esquinas de las calles, bajo los portales de los callejones por la noche, con frío y lluvia; sobornarán a recaderos, embriagarán a cocheros de punto y a lacayos, comprarán a una doncella, corromperán a un portero.
¿Para qué? Sin razón alguna. Una pura pasión por ver, saber y penetrar en las cosas. Una pura comezón por hablar.
Y a menudo estos secretos una vez conocidos, estos misterios hechos públicos, estos enigmas iluminados por la luz del día, acarrean catástrofes, duelos, fracasos, la ruina de familias y vidas destrozadas, para gran alegría de aquellos que «se han enterado de todo», sin ningún interés en el asunto y por puro instinto.
Cosa triste.