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nydus/Les MisérablesPublic
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Book II. The Fall

prejuicios, hombres y actos—, cuyos contornos se le escapaban, cuya masa lo aterraban, y que no era otra cosa que esa prodigiosa pirámide que llamamos civilización.

Distinguía, aquí y allá, en aquella masa informe y bulliciosa, ya cerca, ya lejos y sobre mesetas inaccesibles, algún grupo, algún detalle, vivamente iluminado; aquí el furriel de galeras y su garrote; allá el gendarme y su espada; acullá el arzobispo mitrado; arriba del todo, como una especie de sol, el Emperador, coronado y deslumbrante.

Le parecía que estos esplendores lejanos, lejos de disipar su noche, la hacían más fúnebre y más negra.

Todo aquello —leyes, prejuicios, actos, hombres, cosas— iba y venía por encima de él, sobre su cabeza, de acuerdo con el movimiento complicado y misterioso que Dios imprime a la civilización, pasando por encima de él y aplastándolo con no sé qué placidez en su crueldad y con inexorabilidad en su indiferencia.

Almas que han caído en el fondo de toda desgracia posible, hombres infelices perdidos en el más bajo de esos limos en los que ya nadie se fija, los réprobos de la ley, sienten sobre sus cabezas todo el peso de esta sociedad humana, tan formidable para quien está fuera, tan espantosa para quien está debajo.

En esta situación, Jean Valjean meditó; ¿y cuál pudo ser la naturaleza de su meditación?

Si el grano de mijo bajo la muela tuviera pensamientos, pensaría, sin duda, esa misma cosa que pensaba Jean Valjean.

Todas estas cosas, realidades llenas de espectros, fantasmagorías llenas de realidades, habían acabado por crear en él una especie de estado interior casi indescriptible.

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