y ruiseñores; que su vida sea un hermoso prado soleado, que todos los encantos del cielo llenen sus almas, y ahora déjenme morir a mí, que ya no sirvo para nada; es seguro que todo esto está bien. Vamos, sean razonables, ya nada es posible, tengo plena conciencia de que todo ha terminado. Y además, anoche, me bebí toda aquella jarra de agua. ¡Qué bueno es tu esposo, Cosette! Estás mucho mejor con él que conmigo”.
Un ruido se hizo audible en la puerta.
Era el doctor que entraba.
—Buenos días y adiós, doctor —dijo Jean Valjean—. Aquí están mis pobres hijos.
Marius se acercó al doctor. Le dirigió una sola palabra: —¿Monsieur?… Pero su forma de pronunciarla contenía una pregunta entera.
El médico respondió a la pregunta con una mirada expresiva.
—Porque las cosas no sean agradables —dijo Jean Valjean—, esa no es razón para ser injusto con Dios.
Se hizo el silencio.
Todos los pechos estaban oprimidos.
Jean Valjean se volvió hacia Cosette. Comenzó a contemplarla como si quisiera retener sus facciones para la eternidad.
En lo más profundo de la sombra en la que ya había descendido, el éxtasis aún le era posible al contemplar a Cosette. El reflejo de aquel dulce rostro iluminaba su pálido semblante.
El médico le tomó el pulso.