Se precipitó de nuevo en la penumbra como si abriera un agujero en ella, con la rapidez rígida de un proyectil; el callejón de l’Homme Armé quedó silencioso y solitario una vez más; en un abrir y cerrar de ojos, aquel extraño niño, que tenía algo de sombra y de sueño, se había sepultado en las brumas de las hileras de casas negras y se había perdido en ellas, como el humo en la oscuridad; y se habría podido creer que se había disipado y desvanecido, de no haberse producido, pocos minutos después de su desaparición, un estremecimiento de cristales rotos y de no haber hecho resonar de nuevo, con el estruendo magnífico de un farol desplomándose sobre el pavimento, el despertar brusco del burgués indignado. Era Gavroche que iba de camino por la Rue du Chaume.
III
Mientras Cosette y Toussaint duermen
Jean Valjean entró en la casa con la carta de Marius.
A tientas subió la escalera, tan satisfecho con la oscuridad como un búho que agarra a su presa, abrió y cerró su puerta suavemente, escuchó para ver si oía algún ruido —se aseguró de que, según toda apariencia, Cosette y Toussaint dormían— y sumergió tres o cuatro cerillas en el frasco del encendedor Fumade antes de lograr sacar una chispa, tanto le temblaba la mano. Lo que acababa de hacer tenía sabor a robo. Por fin se encendió la vela; apoyó los codos en la mesa, desdobló el papel y leyó.
En las emociones violentas no se lee, se arroja por tierra, por decirlo así, el papel que se tiene en la mano, se le agarra como a una víctima, se le estruja, se hincan en él las uñas de la cólera o de la alegría; se apresura uno