Había en Faverolles, no lejos de la choza de los Valjean, al otro lado del camino, una granjera llamada Marie-Claude; los niños Valjean, habitualmente hambrientos, iban a veces a pedirle prestada a Marie-Claude una pinta de leche, en nombre de su madre, la cual se bebían detrás de un seto o en la esquina de algún callejón, arrebatándose el cántaro el uno al otro con tanta prisa que las niñas se la derramaban en los delantales y por el cuello. Si su madre hubiera sabido de aquella incursión, habría castigado severamente a los culpables. Jean Valjean, con brusquedad y refunfuñando, le pagaba a Marie-Claude la pinta de leche a espaldas de su madre, y los niños no eran castigados.
En la temporada de poda ganaba dieciocho sueldos al día; después se alquilaba como segador, como jornalero, como vaquero en una granja, como mozo de carga. Hacía lo que podía.
Su hermana también trabajaba, pero ¿qué podía hacer con siete niños pequeños? Era un triste grupo envuelto en la miseria, que iba siendo aniquilado poco a poco.
Llegó un invierno muy duro. Jean no tenía trabajo. La familia no tenía pan. Pan, literalmente, no había. ¡Siete niños!
Un domingo por la noche, Maubert Isabeau, el panadero de la plaza de la Iglesia en Faverolles, se disponía a acostarse cuando oyó un golpe violento en la reja del frente de su tienda. Llegó a tiempo de ver un brazo que se introducía por un agujero hecho de un puñetazo a través de la reja y el cristal. El brazo se apropió de un pan y se lo llevó. Isabeau salió corriendo apresuradamente; el ladrón huyó a toda la velocidad de sus piernas. Isabeau corrió tras él y lo detuvo. El ladrón había tirado el pan, pero su brazo seguía sangrando. Era Jean Valjean.
Esto ocurrió en 1795. Jean Valjean fue conducido ante los tribunales de la época por robo y escalo en casa habitada cometido de noche.