gasa y de muaré, En los que el amor balbucea una jerga encantadora? Nuestros jardines eran una maceta de tulipanes; Tú ocultabas el cristal con un refajo; Yo tomaba el tazón de barro Y te daba la taza de porcelana de Japón. ¡Y aquellas grandes desgracias que nos hacían reír! ¡Tu manguito quemado, tu boa perdido! ¡Y ese querido retrato del divino Shakespeare Que una noche para cenar vendimos! Yo era mendigo y tú caritativa. Besaba al vuelo tus brazos frescos y redondos. Un Dante en folio nos servía de mesa Para comer alegremente un ciento de castañas. La primera vez que en mi alegre tugurio Tomé un beso de tu labio en fuego, Cuando te ibas despeinada y roja, ¡Me quedé muy pálido y creí en Dios! ¿Te acuerdas de nuestras dichas sin cuento, Y de todos esos pañuelos trocados en harapos? ¡Oh, cuántos suspiros de nuestros corazones llenos de sombra, Se han elevado hacia los cielos profundos!
La hora, el lugar, aquellos recuerdos de la juventud rememorados, unas cuantas estrellas que empezaban a centellear en el cielo, el reposo funeral de aquellas calles desiertas, la inminencia de la aventura inexorable que se estaba gestando, daban un encanto patético a estos versos murmurados en voz baja en la penumbra por Jean Prouvaire, quien, como hemos dicho, era un poeta tierno.
Entre tanto, se había encendido una linterna en la pequeña barricada, y en la grande, una de esas antorchas de cera como las que se ven el Martes