V
En casa de Bombarda
Agotadas las montañas rusas, empezaron a pensar en la cena; y el radiante grupo de ocho, algo fatigado al fin, vino a encallar en el figón de Bombarda, un establecimiento filial que había abierto en los Campos Elíseos aquel famoso restaurador, Bombarda, cuyo letrero se veía entonces en la calle de Rivoli, cerca del callejón Delorme.
Una habitación grande pero fea, con una alcoba y una cama al fondo (se habían visto obligados a conformarse con este alojamiento debido a la multitud del domingo); dos ventanas desde las cuales podían contemplar, más allá de los olmos, el muelle y el río; una magnífica luz solar de agosto que tocaba ligeramente los cristales; dos mesas; sobre una de ellas una montaña triunfante de ramos de flores, mezclados con los sombreros de hombres y mujeres; en la otra las cuatro parejas sentadas alrededor de una alegre confusión de fuentes, platos, vasos y botellas; jarras de cerveza mezcladas con frascos de vino; muy poco orden sobre la mesa, cierto desorden debajo de ella;
“Hicieron bajo la mesa Un ruido, un repiqueteo de pies que era abominable,”
dice Molière.
Este era el estado al que el idilio pastoril, comenzado a las cinco de la mañana, había llegado a las cuatro y media de la tarde. El sol se estaba poniendo; sus apetitos estaban satisfechos.
Los Campos Elíseos, llenos de sol y de gente, no eran más que luz y polvo, las dos cosas de que se compone la gloria. Los caballos de Marly, aquellos mármoles relinchantes, corcoveaban en una nube de oro. Los carruajes iban y venían. Un escuadrón de magníficos guardias de corps,