En la mayoría de los casos, el motín procede de un hecho material; la insurrección es siempre un fenómeno moral. El motín es Masaniello; la insurrección, Espartaco. La insurrección raya en el espíritu, el motín en el estómago; Gáster se irrita; pero Gáster, ciertamente, no siempre anda falto de razón.
En las cuestiones de hambre, el motín, el de Buzançais, por ejemplo, tiene un punto de partida verdadero, patético y justo. No obstante, sigue siendo un motín. ¿Por qué? Porque, aun teniendo razón en el fondo, se equivocaba en la forma.
Tímido aunque en lo cierto, violento aunque fuerte a la vez, golpeaba a ciegas; caminaba como un elefante ciego; dejaba tras de sí los cadáveres de ancianos, mujeres y niños; deseaba la sangre de personas inofensivas e inocentes sin saber por qué. El sustento del pueblo es un buen objetivo; masacrarlos es un mal medio.
Todas las protestas armadas, aun las más legítimas, aun la del 10 de Agosto, aun la del 14 de Julio, comienzan con los mismos trastornos. Antes de que el derecho se asiente en su libertad, hay espuma y tumulto.
Al principio, la insurrección es un motín, así como un río es un torrente. Ordinariamente desemboca en ese océano: la revolución.
A veces, sin embargo, viniendo de esas altas montañas que dominan el horizonte moral —la justicia, la sabiduría, la razón, el derecho, formados por la nieve pura del ideal—, tras una larga caída de roca en roca, tras haber reflejado el cielo en su transparencia y crecido con cien afluentes hasta adquirir el aspecto majestuoso del triunfo, la insurrección se pierde de pronto en algún cenagal, como el Rhin en un pantano.
Todo esto es del pasado, el futuro es otra cosa. El sufragio universal tiene esta propiedad admirable, que disuelve el motín en su origen y, al darle el voto a la insurrección, la despoja de sus