soñar bajo los árboles; espíritus pacíficos y terribles ellos, y despiadadamente satisfechos. ¡cosa extraña!, lo infinito les basta. Esa gran necesidad del hombre, lo finito, que admite el abrazo, la ignoran. Lo finito, que admite el progreso y la labor sublime, no lo toman en cuenta. Lo indefinido, que nace de la combinación humana y divina de lo infinito y lo finito, se les escapa. Con tal de estar frente a la inmensidad, sonríen. La alegría jamás, el éxtasis por siempre. Su vida consiste en abdicar de su personalidad en la contemplación. La historia de la humanidad es para ellos tan solo un plano detallado. Todo no está allí; el verdadero Todo permanece afuera; ¿para qué molestarse por ese detalle, el hombre? El hombre sufre, eso es muy posible; ¡pero mirad a Aldebarán que se levanta! La madre no tiene más leche, el recién nacido agoniza. ¡No sé nada de eso, pero mirad esta maravillosa roseta que presenta bajo el microscopio un corte de células leñosas del pino! ¡Comparad si podéis el encaje de Malinas más hermoso con eso! Estos pensadores olvidan amar. El zodiaco prospera con ellos a tal punto que les impide ver al niño que llora. Dios eclipsa sus almas. Esta es una familia de inteligencias que son, al mismo tiempo, grandes y mezquinas. Horacio era uno de ellos; Goethe también. La Fontaine tal vez; magníficos egoístas de lo infinito, espectadores tranquilos del dolor, que no ven a Nerón si hace buen tiempo, para quienes el sol oculta la pira funeraria, que presenciarían una ejecución por la guillotina en busca de un efecto de luz, que no oyen ni el grito, ni el sollozo, ni el estertor, ni el toque de rebato, para quienes todo va bien, puesto que hay un mes de mayo, que, mientras haya nubes de púrpura y oro sobre sus cabezas, se declaran contentos, y que están decididos a ser felices hasta que se agoten el brillo de las estrellas y los cantos de los pájaros.
Son resplendores oscuros. No tienen la sospecha de que han de ser compadecidos. Ciertamente lo son.