Allí no encontraron más que a un hombre en pie, Enjolras. Sin cartuchos, sin sable, ya no tenía en la mano más que el cañón de su fusil, cuya culata había roto contra la cabeza de quienes entraban. Había interpuesto la mesa de billar entre sus atacantes y él; se había retirado al rincón de la estancia y allí, con la mirada soberbia y la cabeza erguida, con aquel trozo de arma en la mano, resultaba aún tan impenternalble como para crear rápidamente un espacio vacío a su alrededor. Se alzó un grito:
“¡Él es el jefe! Fue él quien mató al artillero. Bien está que se haya colocado ahí. Que permanezca ahí. Abatémoslo en el acto”.
—Disparenme —dijo Enjolras.
Y arrojando su trozo de cañón de fusil, y cruzándose de brazos, ofreció su pecho.
El descaro de una muerte hermosa siempre impresiona a los hombres. Tan pronto como Enjolras cruzó los brazos y aceptó su fin, el estruendo de la lucha cesó en la sala, y aquel caos se aquietó de repente en una especie de solemnidad sepulcral. La majestuosidad amenazante de Enjolras, desarmado e inmóvil, parecía oprimir aquel tumulto, y este joven, altivo, ensangrentado y encantador, que era el único que no tenía una herida, que era tan indiferente como un ser invulnerable, parecía, por la autoridad de su mirada tranquila, obligar a aquella chusma siniestra a matarle respetuosamente. Su belleza, acrecentada en ese momento por su orgullo, era resplandeciente, y estaba fresco y rosado después de las temibles veinticuatro horas que acababan de transcurrir, como si no pudiera cansarse más que herirse.