sembrado de destellos imprevistos! ¡Boum! ¡Boum! ¡Espectáculo extraordinario! Alzad los ojos, cenutrios. Todo está en desorden, la estrella tanto como el drama. ¡Válgame Dios, es demasiado y no es suficiente! Estos recursos, extraídos de la excepción, parecen magnificencia y pobreza. Amigos míos, la Providencia ha recurrido a los expedientes. ¿Qué prueba una revolución? Que Dios se encuentra en un apuro. Efectúa un golpe de Estado porque él, Dios, no ha podido llegar a fin de mes. De hecho, esto me confirma en mis conjeturas respecto a la fortuna de Jehová; y cuando veo tanta angustia en el cielo y en la tierra, desde el pájaro que no tiene un grano de mijo hasta mí mismo sin cien mil libras de renta, cuando veo el destino humano, que está muy gastado, e incluso el destino real, que está raído, constátese el príncipe de Condé ahorcado, cuando veo el invierno, que no es más que un desgarro en el cenit por el cual sopla el viento, cuando veo tantos andrajos aun en la púrpura flamante de la mañana sobre las cumbres de las colinas, cuando veo las gotas de rocío, esas perlas falsas, cuando veo la escarcha, esa pasta, cuando veo a la humanidad destrozada y a los acontecimientos remendados, y tantas manchas en el sol y tantos agujeros en la luna, cuando veo tanta miseria por doquier, sospecho que Dios no es rico. Las apariencias existen, es verdad, pero presiento que anda corto de fondos. Ofrece una revolución como un comerciante cuya caja está vacía ofrece un baile. A Dios no hay que juzgarlo por las apariencias. Bajo el dorado del cielo percibo un universo indigente. La creación está en bancarrota. Por eso estoy descontento. Hoy es 4 de junio, es casi de noche; desde esta mañana estoy esperando a que llegue la luz del día; no ha llegado, y apuesto a que no llegará en todo el día. Esta es la impuntualidad de un empleado mal pagado. Sí, todo está mal dispuesto, nada encaja con nada, este viejo mundo está totalmente torcido, yo me mantengo en la oposición, todo marcha al revés; el universo es una burla. Es como los niños, los que los quieren no los tienen, y los que no los quieren los tienen. Total: estoy contrariado. Además, Laigle de Meaux, ese calvo, ofende mi vista. Me humilla pensar que tengo la misma edad que ese
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Libro XII
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