Change y el Pont-Neuf, es decir, haría su aparición a plena luz del día en el lugar más densamente poblado de París. Tal vez saldría por alguna boca de registro en el cruce de las calles. Asombro de los transeúntes al contemplar a dos hombres ensangrentados emerger de la tierra a sus pies. Llegada de la policía, llamada a las armas del puesto de guardia vecino. Así serían apresados antes incluso de haber salido. Sería mejor sumergirse en aquel laberinto, confiarse a aquella negra penumbra y fiarse de la Providencia para el desenlace.
Subió la pendiente y giró a la derecha.
Cuando hubo doblado el ángulo de la galería, el lejano resplandor de una tronera desapareció, el telón de la oscuridad volvió a caer sobre él y se quedó ciego de nuevo.
Sin embargo, avanzaba tan rápidamente como le era posible. Los dos brazos de Mario estaban pasados alrededor de su cuello, y los pies de este último se arrastraban a sus espaldas. Sostenía ambos brazos con una mano y tanteaba la pared con la otra.
La mejilla de Mario rozaba la suya y se aferraba a ella, sangrando. Sintió un hilo cálido que brotaba de Mario resbalando sobre él y abriéndose paso bajo sus ropas. Pero una tibieza húmeda cerca de su oreja, que la boca del herido rozaba, indicaba respiración y, por consiguiente, vida.
El pasaje por el que Jean Valjean avanzaba ahora no era tan estrecho como el primero. Jean Valjean caminaba por él con bastante dificultad. La lluvia del día anterior no se había escurrido aún por completo y formaba un pequeño torrente en el centro del fondo, por lo que se veía obligado a pegarse a la pared para no meter los pies en el agua.
Así avanzaba en la penumbra. Se parecía a los seres de la noche que tantean en lo invisible y se pierden bajo tierra en vetas de sombra.