Esta era la tercera fase de su ascensión. El padre Madeleine se había convertido en el señor Madeleine. El señor Madeleine se convirtió en el señor alcalde.
III
Sumas depositadas en Laffitte
Por otra parte, seguía siendo tan sencillo como el primer día. Tenía el cabello gris, la mirada seria, el cutis curtido por el sol de un jornalero, el rostro pensativo de un filósofo. Acostumbraba llevar un sombrero de ala ancha y un abrigo largo de tela burda, abrochado hasta la barbilla.
Desempeñaba sus funciones de alcalde; pero, salvo eso, vivía en la soledad. Hablaba con muy poca gente. Evitaba las atenciones corteses; huía con rapidez; sonreía para librarse de la necesidad de hablar; daba para librarse de la necesidad de sonreír.
Las mujeres decían de él: «¡Qué oso tan bondadoso!».
Su placer consistía en pasearse por los campos.
Tomaba siempre sus comidas solo, con un libro abierto ante sí, que leía. Tenía una pequeña biblioteca bien selecta. Amaba los libros; los libros son amigos fríos pero seguros. A medida que el ocio le llegaba junto con la fortuna, parecía aprovecharlo para cultivar su espíritu. Se había observado que, desde su llegada a Montreuil-sur-Mer, su lenguaje se había vuelto más pulido, más selecto y más suave con cada año que pasaba. Le gustaba llevar una escopeta consigo en sus paseos, pero rara vez la usaba. Cuando llegaba a hacerlo, su puntería era algo tan infalible que