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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro séptimo. El asunto Champmathieu

Hubo un momento en que reflexionó sobre el porvenir.

¡Denunciarse a sí mismo, gran Dios! ¡Entregarse!

Con inmensa desesperación afrontó todo lo que se vería obligado a dejar, todo lo que se vería obligado a retomar una vez más. Tendría que decir adiós a aquella existencia tan buena, tan pura, tan radiante, al respeto de todos, al honor, a la libertad.

No volvería a pasearse jamás por los campos; no volvería a oír cantar a los pájaros en el mes de mayo; no volvería a dar limosna a los niños pequeños; no volvería a experimentar la dulzura de tener miradas de gratitud y de amor fijas en él; ¡tendría que abandonar aquella casa que se había construido, aquella pequeña habitación!

Todo le parecía encantador en aquel momento. Nunca volvería a leer aquellos libros; nunca más escribiría en aquella mesita de madera blanca; su vieja portera, la única criada que conservaba, no volvería a llevarle su café por la mañana.

¡Gran Dios! ¡en lugar de eso, la cadena de forzados, la argolla de hierro, la casaca roja, la cadena en el tobillo, la fatiga, la celda, el jergón, todas esas horribles cosas que conocía tan bien!

¡A su edad, después de haber sido lo que había sido! ¡Si al menos fuera joven otra vez! pero que cualquiera le tratara de «tú» en su vejez; ser registrado por los guardianes de presidio; recibir los palos del contramaestre de galeotes; llevar zapatos herrados en los pies descalzos; tener que estirar la pierna noche y mañana al martillo del ronda que visita el presidio; someterse a la curiosidad de los extraños, a quienes se les diría: «Ese de ahí es el famoso Jean Valjean, que fue alcalde de Montreuil-sur-Mer»; y por la noche, sudorosos, agobiados por el cansancio, con los gorros verdes bajados sobre los ojos, volver a subir, de dos en dos, la escalera de mano de los presidios bajo el látigo del sargento.

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