El pobre ocupante solo puede llegar al fondo de su estancia, como al fondo de su destino, inclinándose cada vez
Ya no tenía cama; un trapo al que llamaba colcha, un colchón en el suelo y una silla sin asiento eran lo único que le quedaba.
Un rosalito que tenía se había secado, olvidado, en un rincón.
En el otro rincón había una olla de mantequilla para guardar agua, que se helaba en invierno y en la cual los distintos niveles del agua quedaban marcados durante mucho tiempo por estos círculos de hielo.
Había perdido la vergüenza; había perdido la coquetería. Un signo definitivo.
Salía con cofias sucias. Ya fuera por falta de tiempo o por indiferencia, ya no se remendaba la ropa blanca. A medida que los talones se gastaban, dejaba caer las medias dentro de los zapatos. Esto se evidenciaba por las arrugas perpendiculares. Se remendaba el corpiño, que era viejo y estaba gastado, con retazos de percal que se rompían al menor movimiento.
Las personas con las que estaba endeudada le armaban «escenas» y no le daban tregua. Los encontraba en la calle, los volvía a encontrar en su escalera. Pasaba muchas noches llorando y pensando.
Tenía los ojos muy brillantes y sentía un dolor sordo en el omóplato, hacia la parte superior del omóplato izquierdo. Tosía muchísimo. Odiaba profundamente al padre Magdalena, pero no se quejaba.
Cosía diez y siete horas al día; pero un contratista de trabajos para las prisiones, que hacía trabajar a los presos a bajo precio, hizo bajar repentinamente las tarifas, lo que redujo el jornal de las obreras a nueve sueldos. ¡Diez y siete horas de labor y nueve sueldos al día!