Pero Mario ya no le oía, pues en aquel momento doblaba la esquina de la calle Saint-Louis.
El octogenario se llevó las manos a las sienes dos o tres veces con una expresión de angustia, retrocedió tambaleándose y se dejó caer en un sillón, sin pulso, sin voz, sin lágrimas, con la cabeza temblorosa y los labios que se movían con aire estúpido, sin nada en los ojos y sin nada ya en el corazón salvo algo sombrío y profundo que se parecía a la noche.