Para los que aman la soledad, un paseo por la mañana temprano equivale a un paseo nocturno, con la alegría de la naturaleza añadida.
Las calles están desiertas y los pájaros cantan. Cosette, un pájaro ella misma, gustaba de madrugar. Estas excursiones matutinas se planeaban la víspera. Él lo proponía y ella accedía. Se organizaba como una conjura, partían antes del alba y estas salidas constituían otras tantas pequeñas dichas para Cosette.
Estas inocentes excentricidades agradan a los jóvenes.
La inclinación de Jean Valjean lo llevaba, como hemos visto, a los parajes menos frecuentados, a los rincones solitarios, a los lugares olvidados.
Existían entonces, en las inmediaciones de las barreras de París, una especie de prados pobres que casi se confundían con la ciudad, donde en verano crecía un trigo enfermizo y que, en otoño, una vez recogida la cosecha, daban la impresión, no de haber sido segados, sino pelados.
A Jean Valjean le encantaba frecuentar estos campos. Cosette no se aburría allí. Para él significaba la soledad y para ella la libertad. Allí volvía a ser una niña pequeña, podía correr y casi jugar; se quitaba el sombrero, lo ponía sobre las rodillas de Jean Valjean y juntaba ramilletes de flores.
Contemplaba las mariposas sobre las flores, pero no las atrapaba; la dulzura y la ternura nacen con el amor, y la jovencita que abriga en su pecho un ideal tembloroso y frágil se compadece del ala de una mariposa.
Tejía guirnaldas de amapolas que se colocaba en la cabeza y que, cruzadas y atravesadas por la luz del sol, resplandecientes hasta arder, formaban para su rostro sonrosado una corona de ascuas.
Aun después de que su vida se hubiera vuelto triste, mantuvieron la costumbre de sus paseos matutinos.