Los hombres van y vienen, hablan, bromean, holgazanean. Alguien de quien tenemos memoria oyó a un combatiente decirle en medio de la metralla: > «Estamos aquí como en un almuerzo de solteros». El reducto de la calle de la Chanvrerie, lo repetimos, parecía muy tranquilo por dentro. Todas las mutaciones y todas las fases habían sido, o estaban a punto de ser, agotadas. La posición, de crítica se había vuelto amenazante, y de amenazante estaba probablemente a punto de volverse desesperada. A medida que la situación se ponía sombría, el resplandor del heroísmo enpurpuraba más y más la barricada. Enjolras, que estaba grave, la dominaba, con la actitud de un joven espartano que consagra su espada desnuda al sombrío genio,
Combeferre, con un delantal puesto, curaba las heridas; Bossuet y Feuilly hacían cartuchos con la polvorera que Gavroche había recogido del cabo muerto, y Bossuet le decía a Feuilly: «Pronto tomaremos la diligencia hacia otro planeta»; Courfeyrac disponía y ordenaba sobre unos adoquines que se había reservado cerca de Enjolras un arsenal completo, su estoque bastón, su fusil, dos pistolas de arzón y una cachiporra, con el esmero de una jovencita que ordena un pequeño dunkerque. Jean Valjean miraba en silencio la pared de enfrente. Un artesano se ataba a la cabeza con un cordel el gran sombrero de paja de la madre Hucheloup, «por miedo a la insolación», según decía. Los jóvenes de la Cougourde d’Aix charlaban alegremente entre ellos, como si tuvieran prisa por hablar en patois por última vez. Joly, que había sacado de la pared el espejo de la viuda Hucheloup, se examinaba la lengua en él. Algunos