llegado entre ustedes, pero confieso que me asombran. ¿Dónde estamos? ¿Quiénes somos? ¿Quiénes son ustedes? ¿Quién soy yo? Pongámonos de acuerdo respecto al Emperador. Les oigo decir Buonaparte, acentuando la u como los monárquicos. Les advierto que mi abuelo lo hace todavía mejor; él dice Buonaparté. Creía que eran jóvenes. ¿Dónde está, entonces, vuestro entusiasmo? ¿Y qué hacen con él? ¿A quién admiran, si no admiran al Emperador? ¿Y qué más quieren? Si no quieren a ese gran hombre, ¿qué grandes hombres querrían? Lo tenía todo. Era completo. Tenía en su cerebro la suma de las facultades humanas. Hizo códigos como Justiniano, dictó como César, su conversación se mezclaba con el fulgor de Pascal, con el trueno de Tácito, hizo la historia y la escribió, sus boletines son Ilíadas, combinó la cifra de Newton con la metáfora de Mahoma, dejó tras de sí en Oriente palabras tan grandes como las pirámides, en Tilsit enseñó la majestad a los Emperadores, en la Academia de Ciencias respondió a Laplace, en el Consejo de Estado se defendió frente a Merlín, dio un alma a la geometría del primero y a la chicanería del segundo, fue un legista con los procuradores y sideral con los astrónomos; como Cromwell soplando una de las dos velas, fue al Temple a regatear por una borla de cortina; lo vio todo; lo supo todo; lo cual no le impedía reírse de buen grado junto a la cuna de su hijito; y de pronto, la Europa asustada prestó oído, los ejércitos se pusieron en marcha, los parques de artillería retumbaron, los pontones se extendieron sobre los ríos, nubes de caballería galoparon en la tormenta, gritos, trompetas, un temblor de tronos en todas direcciones, las fronteras de los reinos oscilaron en el mapa, se oyó el sonido de una espada sobrehumana al ser desenvainada; le vieron a él, a él, alzarse erecto en el horizonte con un tizón ardiente en la mano y un fulgor en los ojos, desplegando en medio del trueno sus dos alas, la gran armada y la vieja guardia, ¡y era el arcángel de la guerra!
Todos guardaron silencio, y Enjolras inclinó la cabeza. El silencio produce siempre un poco el efecto del consentimiento, del enemigo acorralado. Marius continuó con mayor entusiasmo, y casi sin tomar aliento:—