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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro VIII

La dulzura y la profundidad, ellas son el todo de la mujer; en ellas reside el cielo

En esta plenitud total, las lágrimas acudían a sus ojos a cada instante.

Una mariquita aplastada, una pluma caída de un nido, una rama de espino rota, despertaban su compasión, y su éxtasis, dulcemente mezclado con melancolía, parecía no pedir nada mejor que llorar.

El síntoma más soberano del amor es una ternura que resulta, a veces, casi insoportable.

Y, además de esto⁠—todas estas contradicciones son el juego relampagueante del amor⁠—, les gustaba reír, reían con facilidad y con una libertad deliciosa, y con tanta familiaridad que a veces daban la impresión de ser dos muchachitos.

No obstante, aunque desconocida para los corazones embriagados de pureza, la naturaleza siempre está presente y no se la dejará en el olvido. Ella se halla ahí con su objeto brutal y sublime; y por grande que sea la inocencia de las almas, se siente en la entrevista privada más modesta, la sombra adorable y misteriosa que separa a una pareja de amantes de un par de amigos.

Se idolatraban mutuamente.

Lo permanente y lo inmutable son persistentes. La gente vive, sonríe, ríe, hace pequeños visajes con las puntas de los labios, entrelaza los dedos, se tutea, y eso no impide la eternidad.

Dos amantes se ocultan en la tarde, en el crepúsculo, en lo invisible, con los pájaros, con las rosas; se fascinan mutuamente en la oscuridad con sus corazones que se arrojan a los ojos, murmuran, susurran, y entretanto, inmensas libraciones de los planetas llenan el universo infinito.

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