de Waterloo». Era liberal, clásico y bonapartista. Se había suscrito al Champ d’Asile. En el pueblo se decía que había estudiado para sacerdote.
Creemos que simplemente había estudiado para mesonero en Holanda. Este bribón de orden compuesto era, con toda probabilidad, algún flamenco de Lila, en Flandes, francés en París y belga en Bruselas, a caballo plácidamente entre ambas fronteras.
En cuanto a su valor en Waterloo, el lector ya está al corriente. Se advertirá que lo exageraba un tanto.
Flujo y reflujo, peregrinación, aventura, eran el fermento de su existencia; una conciencia andrajosa conlleva una vida fragmentaria y, al parecer, en la tormentosa época del 18 de junio de 1815, Thénardier pertenecía a esa variedad de vivanderos merodeadores de la que hemos hablado, que baten el campo, vendiendo a unos, robando a otros, y viajando como un padre de familia, con mujer e hijos, en un carro destartalado, en la retaguardia de las tropas en marcha, con el instinto de adherirse siempre al ejército victorioso.
Terminada esta campaña, y teniendo, como él decía, «cierto quibus», se había instalado en Montfermeil y abierto un mesón allí.
Este quibus, compuesto de monederos y relojes, de anillos de oro y cruces de plata, recolectado en tiempo de cosecha en surcos sembrados de cadáveres, no ascendía a una gran suma, y no llevó muy lejos a este vivandero convertido en fondista.
Thénardier tenía en sus gestos ese no sé qué rectilíneo que, acompañado de una mala palabra, recuerda el cuartel, y de una señal de la cruz, el seminario.
Era un buen charlatán. Daba a entender que era un hombre instruido. Sin embargo, el maestro de escuela había notado que pronunciaba indebidamente.