Busca algo que París no posea. La cuba de Trofonio no contiene nada que no esté en la cubeta de Mesmer; Ergáfila vuelve a vivir en Cagliostro; el brahmán Vâsaphantâ se encarna en el conde de Saint-Germain; el cementerio de Saint-Médard obra milagros tan buenos como la mezquita de Oumoumié en Damasco.
París tiene un Esopo-Mayeux, y una Canidia, la señorita Lenormand. Está aterrorizado, como Delfos ante las fulgurantes realidades de la visión; hace girar las mesas como Dodona hacía temblar los trípodes. Coloca a la grisette en el trono, como Roma colocó allí a la cortesana; y, en conjunto, si Luis XV es peor que Claudio, madame Dubarry es mejor que Mesalina. París reúne en un tipo sin precedentes, que ha existido y con el que nos hemos codeado, la desnudez griega, la úlcera hebraica y el chiste gascón. Mezcla a Diógenes, a Job y al gracioso de feria, viste a un espectro con números viejos del Constitutionnel, y engendra a Chodruc Duclos.
Aunque Plutarco dice: «el tirano no envejece jamás», Roma, bajo Sila como bajo Domiciano, se resignó y echó voluntariamente agua en su vino. El Tíber era un Leteo, si hay que dar crédito al elogio, más bien doctrinario, que de él hizo Varo Vibisco: Contra Gracchos Tiberim habemus, Bibere Tiberim, id est seditionem oblivisci. París bebe un millón de litros de agua al día, pero eso no le impide tocar a rebato de vez en cuando y hacer sonar la campana de alarma.
Con esa salvedad, París es amable. Lo acepta todo regiamente; no es demasiado exigente con su Venus; su Calipigia es hotentote; siempre que se le haga reír, condona; la fealdad lo anima, la deformidad lo arranca a la risa, el vicio lo divierte; sé excéntrico y podrás ser un excéntrico; incluso la hipocresía, ese supremo cinismo, no le disgusta; es tan literario que no se tapa las narices ante Basilio, y la plegaria de Tartufo no lo escandaliza más de lo que a Horacio lo repelía el «hipo» de Príapo. Ningún rasgo del rostro universal falta en el perfil de París.