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nydus/Les MisérablesPublic
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I. La Caribdis del arrabal San Antonio y la Escila

Entonces estalló sobre aquel montón de adoquines, en aquella calle de la Chanvrerie, un combate digno de una muralla de Troya.

Estos hombres demacrados, harapientos, agotados, que no habían comido en veinticuatro horas, que no habían dormido, a los que les quedaban apenas unos pocos cartuchos por disparar, que rebuscaban en sus bolsillos vacíos de munición, casi todos heridos, con la cabeza o el brazo vendados con lienzo negro y ensangrentado, con agujeros en la ropa por donde manaba la sangre, y que apenas iban armados con malas escopetas y sables mellados, se convirtieron en Titanes.

La barricada fue diez veces atacada, abordada, asaltada, escalada y jamás tomada.

Para formarse una idea de esta lucha, es necesario imaginarse un fuego prendido a una muchedumbre de terribles arrojos, y contemplar luego la conflagración.

No era un combate, era el interior de un horno; allí las bocas exhalaban llamas; allí los semblantes eran extraordinarios.

La forma humana parecía imposible allí, los combatientes centelleaban allí, y era formidable contemplar el ir y venir en aquel resplandor rojo de aquellas salamandras de la refriega.

Renunciamos a todo intento de describir las escenas sucesivas y simultáneas de esta gran matanza. Solo la épica tiene derecho a llenar doce mil versos con una batalla.

Habría podido decirse que aquello era el infierno del brahmanismo, el más temible de los diecisiete abismos, que el Veda llama el Bosque de Espadas.

Lucharon cuerpo a cuerpo, pie a pie, con pistolazos, a sablazos, a puñetazos, de lejos, de cerca, desde arriba, desde abajo, desde todas partes,

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