El viento sopla en ráfagas; toda la espuma lo abruma. Alza los ojos y no contempla sino la lividez de las nubes. Es testigo, en medio de su agonía, de la inmensa locura del mar. Esta locura lo atormenta; oye ruidos extraños al hombre, que parecen provenir de más allá de los límites de la tierra y de no se sabe qué región espantosa de ultratumba.
Hay aves en las nubes, al igual que hay ángeles por encima de las cuitas humanas; pero ¿qué pueden hacer por él? Cantan y vuelan y flotan, y él, él estertora en la agonía de la muerte.
Él se siente sepultado en esas dos infinitudes, el océano y el cielo, al mismo tiempo y a la vez: la una es una tumba; el otro es un sudario.
La noche desciende; lleva horas nadando; sus fuerzas están agotadas; aquel barco, esa cosa distante en la que había hombres, se ha desvanecido; está solo en el formidable abismo crepuscular; se hunde, se atiesa, se retuerce; siente bajo él las monstruosas olas de lo invisible; grita.
Ya no hay hombres. ¿Dónde está Dios?
Él grita.
¡Auxilio! ¡Auxilio!
Él sigue gritando todavía.
Nada en el horizonte; nada en el cielo.
Implora la inmensidad, las olas, las algas, el arrecife; son sordos. Suplica a la tempestad; la tempestad imperturbable solo obedece al infinito.
En torno suyo la oscuridad, la niebla, la soledad, el tumulto tempestuoso e insensato, el rizado indefinido de aquellas aguas bravas. En él el horror y la fatiga. Bajo él los abismos. Ni un punto de apoyo.