En otra ocasión, la centenaria estuvo contando historias. Decía que «en su juventud los monjes bernardos eran tan buenos como los mosqueteros». Era un siglo el que hablaba a través de ella, pero era el siglo XVIII. Contó la costumbre de los cuatro vinos, que existía antes de la Revolución en Champaña y Borgoña. Cuando un gran personaje, mariscal de Francia, príncipe, duque y par, atravesaba una ciudad en Borgoña o Champaña, los munícipes salían a arengarle y le presentaban cuatro góndolas de plata en las que habían vertido cuatro clases diferentes de vino. En la primera copa se leía esta inscripción: vino de mono; en la segunda: vino de león; en la tercera: vino de oveja; en la cuarta: vino de cerdo. Estas cuatro leyendas expresan los cuatro grados por los que desciende el borracho; el primero, la embriaguez, que entona; el segundo, la que irrita; el tercero, la que embrutece el espíritu; y el cuarto, la que abestializa.
En un armario, bajo llave, guardaba un objeto misterioso al que concedía una gran importancia. La regla de Fontevrault no lo prohibía. No le mostraba ese objeto a nadie. Se encerraba, cosa que su regla le permitía hacer, y se escondía cada vez que deseaba contemplarlo. Si oía un paso en el corredor, volvía a cerrar el armario tan apresuradamente como le era posible con sus ancianas manos. En cuanto se lo mencionaban, guardaba silencio, ella que era tan aficionada a hablar. Los más curiosos quedaban desconcertados por su silencio y los más tenaces por su obstinación. Así pues, esto proporcionaba un tema de comentarios para todos los ociosos o aburridos del convento. ¿Cuál podía ser aquel tesoro de la centenaria, tan precioso y tan secreto? ¿Algún libro sagrado, sin duda? ¿Algún rosario único? ¿Alguna reliquia auténtica? Se perdían en conjeturas. Cuando la pobre anciana murió, se precipitaron a su armario con más prisa de la conveniente, tal vez, y lo abrieron. Encontraron el objeto bajo