eternamente». ¡Ah! ¡Dios sea loado, la veo una vez más! ¿Sabes, Cosette, que tu marido es muy guapo? Ah, qué cuello tan bonito bordado llevas, por suerte. Me gusta ese dibujo. Fue tu marido quien lo eligió, ¿verdad? Y además, deberías tener algunos chales de cachemira. Permítame que la tutee, señor Pontmercy. No será por mucho
Y Cosette volvió a empezar:
—¡Qué malo eres en habernos dejado de ese modo! ¿A dónde fuiste? ¿Por qué has estado tanto tiempo ausente?
Antes tus viajes solo duraban tres o cuatro días. Mandé a Nicolette, la respuesta siempre era: «Está ausente».
¿Cuánto hace que has vuelto? ¿Por qué no nos avisaste? ¿Sabes que estás muy cambiado?
¡Ah! ¡Qué padre tan travieso! ¡ha estado enfermo, y no lo hemos sabido! ¡Ven, Marius, siente qué fría tiene la mano!
—¡Conque está usted aquí! ¡Monsieur Pontmercy, usted me perdona! —repitió Jean Valjean.
A aquella palabra que Jean Valjean acababa de pronunciar una vez más, todo lo que henchía el corazón de Mario halló salida.
Exclamó:
—¡Cosette, oyes? ¡Ha llegado a eso! ¡Me pide perdón! ¿Y sabes lo que ha hecho por mí, Cosette? Me ha salvado la vida. Ha hecho más aún: te ha dado a mí. Y después de haberme salvado, y después de habérteme dado, Cosette, ¿qué ha hecho consigo mismo? Se ha sacrificado. He aquí el hombre. Y me dice a mí, el ingrato, a mí, el olvidadizo, a mí, el desalmado, a mí, el culpable: ¡Gracias! Cosette, toda mi vida pasada a los pies de este hombre sería poca. ¡Esa barricada, esa cloaca, ese horno, ese