las proclamas; se lo devoró todo. La primera vez que tropezó con el nombre de su padre en los boletines del gran ejército, tuvo fiebre durante una semana. Fue a ver a los generales bajo los cuales había servido Georges Pontmercy; entre otros, al conde H. El marguillier Mabeuf, a quien fue a ver de nuevo, le habló de la vida en Vernon, del retiro del coronel, de sus flores, de su soledad. Marius llegó al pleno conocimiento de aquel hombre raro, dulce y sublime, esa especie de león cordero que había sido su padre.
Entre tanto, ocupado como estaba con este estudio que absorbía todos sus momentos además de sus pensamientos, apenas veía a los Gillenormand. Hacía acto de presencia en las comidas; luego lo buscaban y no aparecía.
El señor Gillenormand sonreía.
«¡Bah! ¡Bah! ¡Tiene justo la edad para las muchachas!»
A veces, el anciano añadía:
«¡Caramba! Creí que era solo un asunto de galantería. ¡Parece que es un asunto de pasión!».
Era una pasión, en realidad. Marius iba por buen camino para adorar a su padre.
Al mismo tiempo, sus ideas experimentaron un cambio extraordinario. Las fases de este cambio fueron numerosas y sucesivas. Como esta es la historia de muchas mentes de nuestros días, creemos que resultará útil seguir estas fases paso a paso e indicarlas todas.
Aquella historia sobre la cual acababa de echar los ojos lo horrorizó.
El primer efecto fue deslumbrarle.