de sus hallazgos fueron singulares; entre otros, el esqueleto de un orangután, desaparecido del Jardín de las Plantas en 1800, desaparición que probablemente guardaba relación con la famosa e indiscutible aparición del diablo en la calle de los Bernardinos, en el último año del siglo XVIII. El pobre diablo había terminado por ahogarse en la cloaca.
Bajo este largo desagüe abovedado que desembocaba en la Arche-Marion, un cesto de trapero perfectamente conservado excitaba la admiración de todos los connoisseurs.
Por todas partes, el cieno, que los albañiles de cloacas venían a remover con intrepidez, abundaba en objetos preciosos, joyas de oro y plata, piedras preciosas, monedas. Si un gigante hubiese filtrado este sumidero, habría tenido las riquezas de los siglos en su guarida.
En el punto donde se separan las dos ramas de la Rue du Temple y de la Rue Sainte-Avoye, recogieron una singular medalla hugonote de cobre, que llevaba por un lado al cerdo encapuchado con un sombrero cardenalicio, y por el otro, a un lobo con una tiara en la cabeza.
El encuentro más sorprendente fue a la entrada del Gran Colector. Esta entrada había estado cerrada antiguamente por una reja de la cual no quedaban más que los goznes. De uno de estos goznes colgaba un trapo sucio e informe que, detenido allí en su trayecto sin duda, había ondeado en la oscuridad y terminado su proceso de desgarro. Bruneseau acercó su linterna a este trapo y lo examinó. Era de batista muy fina, y en una de las esquinas, menos deshilachada que el resto, se distinguía una corona nobiliaria y, bordadas encima, estas siete letras: LAVBESP . La corona era la de un Marqués, y las siete letras significaban “Laubespine”. Reconocieron el hecho de que lo que tenían ante los ojos era un trozo del sudario de Marat.