—Tuve el honor de rogar a la señorita Gillenormand que no me hablara jamás de él.
La tía Gillenormand renunció a todo esfuerzo y pronunció este agudo diagnóstico:
«Mi padre nunca quiso demasiado a mi hermana después de su locura. Es evidente que detesta a Marius».
“Después de su locura” significaba: “después de haberse casado con el coronel”.
Sin embargo, como el lector ya habrá podido conjeturar, la señorita Gillenormand había fracasado en su intento de sustituir a Marius por su favorito, el oficial de lanceros. El sustituto, Théodule, no había tenido éxito. M. Gillenormand no había aceptado el quid pro quo. Un vacío en el corazón no se conforma con un parche. Théodule, por su parte, aunque olfateaba la herencia, estaba harto de la tarea de complacer. El abuelo aburría al lancero; y el lancero escandalizaba al abuelo. El teniente Théodule era alegre, sin duda, pero charlatán; frívolo, pero vulgar; de buena vida, pero frecuentador de malas compañías; tenía amantes, es verdad, y presumía mucho de ellas, es verdad también; pero hablaba mal. Todas sus buenas cualidades tenían un defecto. M. Gillenormand estaba cansado de oírle contar las aventuras amorosas que tenía por los alrededores del cuartel de la calle de Babilonia. Y además, el teniente Gillenormand a veces se presentaba con su uniforme, con la escarapela tricolor. Eso lo volvía totalmente intolerable. Por último, el padre Gillenormand le había dicho a su hija: > «Ya he tenido bastante con ese Théodule. No me gustan mucho los guerreros en tiempos de paz. Recíbelo si te