II
En el que el pequeño Gavroche saca provecho de Napoleón el Grande
La primavera en París suele verse surcada por brisas ásperas y penetrantes que no precisamente enfrían, sino que congelan; esos vientos del norte que entristecen los más hermosos días producen exactamente el efecto de esas ráfagas de aire frío que entran en una habitación cálida por las rendijas de una puerta o una ventana mal ajustada.
Parece como si la sombría puerta del invierno hubiera permanecido entreabierta, y como si el viento se colara a través de ella.
En la primavera de 1832, época en que estalló en Europa la primera gran epidemia de este siglo, estos vendavales del norte fueron más ásperos y penetrantes que nunca. Era una puerta aún más glacial que la del invierno la que estaba entreabierta. Era la puerta del sepulcro. En estos vientos se sentía el aliento del cólera.
Desde el punto de vista meteorológico, estos vientos fríos poseían esta peculiaridad: no impedían una fuerte tensión eléctrica. Frecuentes tempestades, acompañadas de truenos y relámpagos, estallaban en esta época.
Una tarde, al soplar estos vendavales con tal rudeza que parecía haber regresado enero y los burgueses se habían vuelto a poner los abrigos, el pequeño Gavroche, que siempre tiritaba alegremente bajo sus harapos, estaba de pie como en éxtasis ante la tienda de un peluquero en las inmediaciones del Orme-Saint-Gervais.