Ancona reunidos en la sombra, junto al arco de los Trajanos frente a la posada Gozzi a orillas del mar; crea a Canaris; crea a Quiroga; crea a Pisacane; irradia sobre los grandes de la tierra; fue mientras marchaban hacia donde su soplo los empuja, que Byron pereció en Missolonghi y que Mazet murió en Barcelona; es la tribuna bajo los pies de Mirabeau, y un cráter bajo los pies de Robespierre; sus libros, su teatro, su arte, su ciencia, su literatura, su filosofía, son los manuales del género humano; tiene a Pascal, a Régnier, a Corneille, a Descartes, a Jean-Jacques: a Voltaire para todos los instantes, a Molière para todos los siglos; hace que su lengua sea hablada por la boca universal, y esa lengua se convierte en la palabra; edifica en todas las mentes la idea de progreso, los dogmas liberadores que forja son para las generaciones amigos fieles, y es con el alma de sus pensadores y de sus poetas con la que se han hecho todos los héroes de todas las naciones desde 1789; esto no impide el vagabundeo, y ese enorme genio que se llama París, al mismo tiempo que transfigura el mundo con su luz, dibuja con carbón la nariz de Bouginier en el muro del templo de Teseo y escribe «Credeville el ladrón» en las Pirámides.
París siempre está enseñando los dientes; cuando no está regañando, está riendo.
Tal es París. El humo de sus techos forma las ideas del universo. Un montón de lodo y piedra, si se quiere, pero, sobre todo, un ser moral. Es más que grande, es inmenso. ¿Por qué? Porque es audaz.
Atrreverse; ése es el precio del progreso.
Todas las conquistas sublimes son, más o menos, el premio de la audacia.
Para que la Revolución tenga lugar, no basta con que Montesquieu la prevea, con que Diderot la prediga, con que Beaumarchais la anuncie, con que Condorcet la calcule, con que Arouet la prepare, con que Rousseau la premedite; es necesario que Danton la ose.