destino, que había sido casi malvado y que se había vuelto casi un santo, que, tras haber arrastrado la cadena de las galeras, arrastraba ahora la invisible pero pesada cadena de una indefinida miseria, este hombre a quien la ley no había soltado de sus garras y que en cualquier momento podía ser apresado y devuelto desde la oscuridad de su virtud al pleno día del oprobio público, este hombre lo aceptaba todo, lo disculpaba todo, lo perdonaba todo, ¡y solo le pedía a la Providencia, a los hombres, a la ley, a la sociedad, a la naturaleza, al mundo, una sola cosa: que Cosette lo
¡Que Cosette siguiera amándole! ¡Que Dios no impidiera que el corazón de la niña fuera hacia él y se quedara con él!
¡Amado por Cosette, sentía que estaba curado, descansado, apaciguado, colmado de beneficios, recompensado, coronado! ¡Amado por Cosette, se encontraba bien! ¡No pedía nada más!
Si alguien le hubiera dicho: «¿Quieres algo mejor?», habría respondido: «No». Dios podría haberle dicho: «¿Deseas el cielo?», y él habría replicado: «Perdería con ello».
Todo lo que pudiera afectar a esta situación, aunque solo fuera en la superficie, le hacía estremecerse como el comienzo de algo nuevo. Él mismo nunca había sabido con mucha claridad qué significa la belleza de una mujer; pero comprendía instintivamente que era algo terrible.
Contemplaba con terror esta belleza que florecía cada vez más triunfante y soberbia a su lado, ante sus propios ojos, sobre la frente inocente y formidable de aquella niña, desde lo profundo de su fealdad, de su vejez, de su miseria, de su reprobación.
Se dijo a sí mismo: