huelgas, de las épocas de vacas flacas, todas inherentes a las grandes conmociones políticas. En tiempos de revolución, la miseria es a la vez causa y efecto. El golpe que asesta rebota sobre ella misma. Esta población llena de altiva virtud, capaz en el más alto grado de calor latente, siempre dispuesta a tomar las armas, pronta a estallar, irritada, profunda, minada, parecía estar esperando tan solo la caída de una chispa. Siempre que ciertas chispas flotan en el horizonte perseguidas por el viento de los acontecimientos, es imposible no pensar en el Faubourg Saint-Antoine y en la formidable casualidad que ha colocado a las puertas mismas de París ese polvorín de sufrimiento e ideas.
Las tabernas del Faubourg Antoine, que ya han sido descritas más de una vez en los bocetos que el lector acaba de leer, poseen una notoriedad histórica.
En los tiempos turbulentos, la gente se embriaga allí más con palabras que con vino. Una especie de espíritu profético y un soplo del futuro circulan por ellas, ensanchando los corazones y agigantando las almas.
Los cabarés del Faubourg Saint-Antoine se parecen a aquellas tabernas del monte Aventino erigidas sobre la cueva de la Sibila y en comunicación con el aliento profundo y sagrado; tabernas cuyas mesas eran casi trípodes, y donde se bebía lo que Ennio llama el «vino sibilino».
El arrabal de Saint-Antoine es un depósito de gentes. Las agitaciones revolucionarias crean en él fisuras a través de las cuales se filtra la soberanía popular. Esta soberanía puede hacer el mal; puede equivocarse como cualquier otra; pero, incluso extraviada, sigue siendo grande. Puede decirse de ella, como del cíclope ciego: Ingens.