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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro XIV, I. La bandera: Primer acto

haciéndose matar por la República, él mismo como jefe de los insurgentes, todas estas cosas se le aparecían como una pesadilla tremenda. Se veía obligado a hacer un esfuerzo mental para recordar que todo aquello que lo rodeaba era real. Marius ya había visto demasiado de la vida como para no saber que nada es más inminente que lo imposible, y que lo que siempre es necesario prever es lo imprevisto. Había contemplado su propio drama como una obra que uno no comprende.

En las brumas que envolvían sus pensamientos, no reconoció a Javert, quien, atado a su puesto, no había movido ni un solo pelo de la cabeza durante todo el ataque a la barricada, y que había contemplado la revuelta que hervía a su alrededor con la resignación de un mártir y la majestad de un juez. Marius ni siquiera lo había visto.

Entre tanto, los asaltantes no se movían; se les oía marchar y bullir al fondo de la calle, pero no se aventuraban en ella, ya fuese porque aguardaban órdenes o porque esperaban refuerzos antes de arrojarse de nuevo sobre este inexpugnable reducto.

Los insurgentes habían apostado centinelas y algunos de ellos, que eran estudiantes de medicina, se dedicaron a cuidar a los heridos.

Habían sacado las mesas de la taberna, a excepción de las dos destinadas a la hilas y los cartuchos, y de aquella sobre la cual yacía el padre Mabeuf; las habían añadido a la barricada, y las habían reemplazado en la sala con colchones de la cama de la viuda Hucheloup y de sus criadas.

Sobre estos colchones habían acostado a los heridos. En cuanto a las tres infelices criaturas que habitaban Corinto, nadie sabía qué había sido de ellas. No obstante, al fin las encontraron escondidas en el sótano.

Una emoción conmovedora nubló la alegría de la barricada desembarazada.

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