VIII
Muchos signos de interrogación acerca de cierto le Cabuc
El cuadro trágico que hemos emprendido no estaría completo, el lector no vería en su relieve exacto y real esos grandes momentos de dolores de parto sociales en un alumbramiento revolucionario, que contienen la convulsión mezclada con el esfuerzo, si omitiéramos en el boceto aquí trazado un incidente lleno de horror épico y salvaje que ocurrió casi inmediatamente después de la partida de Gavroche.
Las turbas, como sabe el lector, son como una bola de nieve y van recogiendo al rodar una muchedumbre de hombres tumultuosos. Estos hombres no se preguntan unos a otros de dónde vienen.
Entre los transeúntes que se habían unido a la chusma dirigida por Enjolras, Combeferre y Courfeyrac, había una persona con chaqueta de mozo de cuerda, muy raída en los hombros, que gesticulaba y vociferaba, y que tenía aspecto de salvaje ebrio.
Este hombre, cuyo nombre o apodo era Le Cabuc, y que era, por lo demás, un perfecto desconocido para quienes fingían conocerle, estaba muy borracho, o aparentaba estarlo, y se había sentado con otros cuantos a una mesa que habían sacado frente a la taberna.
Este Cabuc, mientras emborrachaba a quienes competían con él, parecía examinar con aire pensativo la gran casa situada en el extremo de la barricada, cuyos cinco pisos dominaban toda la calle y daban a la Rue Saint-Denis.
De repente exclamó:—