por qué. Todos los días, por consiguiente, desde la mañana hasta la noche, los muelles, las esclusas y los tajamares del puerto de Tolón estaban cubiertos por una multitud de holgazanes y vagos, como se dice en París, cuyo oficio consistía en contemplar el Orion.
El Orión era un buque que llevaba mucho tiempo achacoso; en el curso de sus travesías anteriores, se habían acumulado en su quilla gruesas capas de balanos hasta tal punto que lo privaban de la mitad de su velocidad; había entrado en el dique seco el año anterior con el fin de que le raspasen los balanos, después se había hecho a la mar de nuevo; pero esta limpieza había afectado a los pernos de la quilla: en las inmediaciones de las islas Baleares, los costados habían sufrido tensiones y se habían abierto; y, como el forro en aquellos días no era de chapa de hierro, el buque había hecho agua.
Se había levantado un violento temporal equinoccial que primero había reventado una rejilla y un ojo de buey en el lado de babor, y dañado los obenques del juanete de proa; a consecuencia de estas averías, el Orión había tenido que regresar a Tolón.
Ancló cerca del Arsenal; estaba completamente equipado y se comenzaron las reparaciones. El casco no había sufrido daños en estribor, pero algunas de las tablas habían sido desclavadas aquí y allá, según la costumbre, para permitir que el aire entrara en la bodega.
Una mañana la multitud que lo contemplaba fue testigo de un accidente.
La tripulación estaba ocupada ferrando las velas; el gavier, que tenía que tomar la esquina superior de la gavia de estribor, perdió el equilibrio; se le vio vacilar; la multitud que abarrotaba el muelle del Arsenal lanzó un grito; la cabeza del hombre desequilibró su cuerpo; el hombre cayó abrazado a la verga, con las manos extendidas hacia el abismo; en su caída se agarró a la brazola, primero con una mano, luego con la otra, y se quedó colgado de ella: el mar yacía bajo él a una profundidad vertiginosa;