En aquella época, el cuchitril 50–52, por lo general desierto y eternamente adornado con el cartel: «Se alquilan habitaciones», dio la casualidad de estar habitado, cosa rara, por numerosos individuos que, sin embargo, como siempre ocurre en París, no tenían ninguna relación entre todos ellos.
Todos pertenecían a esa clase indigente que empieza a separarse de la capa más baja de la pequeña burguesía en situación apurada, y que se extiende de miseria en miseria hasta los abismos más hondos de la sociedad, hasta esos dos seres en quienes terminan todas las cosas materiales de la civilización: el basurero que barre el lodo y el trapero que recoge los retazos.
La «principal inquilina» de la época de Jean Valjean había muerto y había sido reemplazada por otra exactamente igual a ella. No sé qué filósofo ha dicho:
«Nunca faltan viejas.»
Esta nueva vieja se llamaba Madame Bourgon, y su vida no tenía nada de notable, salvo una dinastía de tres periquitos que habían reinado sucesivamente sobre su alma.
Los más miserables de los que habitaban el cuartucho eran una familia de cuatro personas, compuesta de padre, madre y dos hijas, ya crecidas, los cuatro alojados en la misma buhardilla, una de las celdas de las que ya hemos hablado.
A primera vista, esta familia no presentaba ningún rasgo muy particular, salvo su extrema indigencia; el padre, al alquilar la habitación, había declarado que su apellido era Jondrette. Algún tiempo después de su mudanza, la cual había guardado un singular parecido con «la entrada de la nada en persona», para tomar