mármol. Su mirada fija hizo que quienes lo rodeaban hablaran en voz baja.
Jean Prouvaire y Combeferre se apretaron las manos en silencio y, apoyados el uno en el otro en un rincón de la barricada, contemplaron con una admiración en la que había algo de compasión a aquel joven grave, verdugo y sacerdote, compuesto de luz, como el cristal, y también de roca.
Digamos de una vez que más tarde, después de la acción, cuando los cuerpos fueron llevados a la morgue y registrados, se le encontró a Le Cabuc una tarjeta de agente de policía. El autor de este libro tuvo en sus manos, en 1848, el informe especial sobre este asunto hecho al Prefecto de Policía en 1832.
Añadiremos que, si hemos de dar crédito a una tradición de la policía, extraña pero probablemente bien fundada, Le Cabuc era Claquesous. El hecho es que, a partir de la muerte de Le Cabuc, no se volvió a hablar jamás de Claquesous. Claquesous no había dejado en ninguna parte rastro de su desaparición; parecía haberse amalgamado con lo invisible. Su vida había sido pura sombra, su fin fue la noche.
Todo el grupo insurrecto se encontraba aún bajo la impresión de la emoción de aquel caso trágico que había sido tan rápidamente juzgado y tan rápidamente terminado, cuando Courfeyrac volvió a ver en la barricada al muchachito que le había preguntado por Marius aquella misma mañana.
Este muchacho, que ostentaba un aire audaz y temerario, había venido de noche para unirse a los insurgentes.