Prefería elaborar sus obras maestras en la sombra y desvelarlas de improviso en
Javert había seguido a Jean Valjean de árbol en árbol, luego de esquina a esquina de la calle, y no lo había perdido de vista ni un solo instante; aun en los momentos en que Jean Valjean se creía más seguro, la mirada de Javert había estado fija en él.
¿Por qué no había arrestado Javert a Jean Valjean? Porque aún tenía dudas.
Hay que recordar que en aquella época la policía no se hallaba precisamente a sus anchas; la prensa libre la embarazaba; varias detenciones arbitrarias denunciadas por los periódicos habían resonado hasta en las Cámaras y habían vuelto tímida a la Prefectura.
Tocar la libertad individual era asunto grave. Los agentes temían equivocarse; el prefecto les echaba la culpa; una equivocación significaba la destitución.
El lector puede imaginarse el efecto que este breve párrafo, reproducido por veinte periódicos, debió de causar en París:
«Ayer, un abuelo anciano, de cabellos blancos, caballero respetable y acomodado, que paseaba con su nieto de ocho años, fue detenido y conducido a la oficina de la Prefectura ¡como presidiario fugitivo!»
Repitamos además que Javert tenía sus propios escrúpulos; a los mandatos del prefecto se sumaban los mandatos de su conciencia. Tenía dudas reales.
Jean Valjean le volvió la espalda y se marchó en la oscuridad.
La tristeza, el desasosiego, la angustia, la depresión, esta nueva desgracia de verse obligado a huir por la noche, a buscar un refugio provisional en