Javert inclina la cabeza y miró. Todo era negro. No se distinguía nada. Se oía un rumor de espuma, pero no se veía el río.
A intervalos, en aquella profundidad vertiginosa, un fulgor de luz aparecía y ondulaba vagamente; el agua posee la facultad de recibir luz, nadie sabe de dónde, y de convertirla en serpiente. La luz desaparecía y todo volvía a ser confuso.
La inmensidad parecía abrirse allí. Lo que yacía abajo no era agua, era un abismo. El muro del muelle, abrupto, informe, mezclado con los vapores, oculto al instante a la vista, producía el efecto de un escarpe del infinito.
No se veía nada, pero se sentía la hostil frialdad del agua y el olor rancio de las piedras mojadas. Un soplo feroz se alzaba desde aquel abismo. La crecida del río, adivinada más que percibida, el murmullo trágico de las olas, la melancólica vastitud de los arcos del puente, la caída imaginable en aquel vacío tenebroso, en toda aquella sombra, estaban llenos de horror.
Javert permaneció inmóvil durante varios minutos, contemplando esta abertura de sombra; consideraba lo invisible con una fijeza que se parecía a la atención.
El agua rugía.
De repente se quitó el sombrero y lo colocó en el borde del muelle. Un momento después, una alta figura negra, que un transeúnte retrasado a lo lejos habría podido tomar por un fantasma, apareció erguida sobre el pretil del muelle, se inclinó hacia el Sena, luego se enderezó de nuevo y cayó en picado hacia las sombras; un ruido sordo de agua salpicada siguió; y la sombra sola estuvo en el secreto de las convulsiones de aquella forma oscura que había desaparecido bajo el agua.