Llegó al extremo opuesto, luego regresó y esta vez se acercó un poco más al banco. Llegó incluso a situarse a la distancia de tres intervalos de árboles, pero allí sintió una indescriptible imposibilidad de seguir avanzando, y titubeó. Le pareció ver el rostro de la jovencita inclinado hacia él. Pero hizo un esfuerzo varonil y violento, dominó su vacilación y caminó recto hacia adelante. Unos segundos más tarde, pasó corriendo frente al banco, erguido y firme, enrojeciendo hasta las orejas, sin atreverse a echar una ojeada ni a la derecha ni a la izquierda, con la mano metida en el abrigo como un hombre de Estado. En el momento en que pasó —bajo el cañón de la plaza— sintió latir su corazón con violencia. Como el día anterior, llevaba su vestido de damasco y su sombrero de crespón. Oyó una voz inefable, que debía de ser «su voz». Hablaba tranquilamente. Era muy bonita. Lo sentía, aunque no hizo ningún intento por verla. «Con todo —pensó—, ella no podría dejar de sentir estima y consideración por mí, si supiera tan solo que soy el verdadero autor de la disertación sobre Marcos Obregón de la Ronda, que M. François de Neufchâteau puso, como si fuera propia, al frente de su edición de Gil Blas». Traspasó el banco hasta el extremo del paseo, que estaba muy cerca, dio media vuelta y volvió a pasar una vez más ante la hermosa muchacha. Esta vez estaba muy pálido. Además, todas sus emociones eran desagradables. A medida que se alejaba del banco y de la jovencita, y mientras le daba la espalda, se imaginó que ella lo estaba contemplando, y eso lo hizo tropezar.
No intentó acercarse al banco de nuevo; se detuvo cerca de la mitad del camino, y allí, cosa que nunca hacía, se sentó, y reflexionando en las profundidades más oscuramente imprecisas de su espíritu, que al fin y al cabo, era duro que las personas cuya cofia blanca y túnica negra admiraba fuesen absolutamente insensibles a sus espléndidos pantalones y a su nuevo abrigo.
Al cabo de un cuarto de hora, se levantó, como si estuviera a punto de emprender de nuevo su marcha hacia aquel banco rodeado por una