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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro V. El descenso

de estos dandies, uno de estos desocupados, un «hombre de bien», pues llevaba un morillo y estaba, por lo demás, abrigadamente envuelto en uno de esos grandes mantos que completaban el atuendo a la moda en tiempo frío, se divertía atormentando a una criatura que merodeaba con traje de baile, el cuello descubierto y flores en el cabello, delante del café de los oficiales. Este dandy iba fumando, pues estaba decididamente a la moda.

Cada vez que la mujer pasaba delante de él, le dirigía, junto con una bocanada de su cigarro, algún apóstrofe que creía ingenioso y jocoso, tales como: «¡Qué fea eres!⁠—¿Quieres quitarte de mi vista?⁠—¡No tienes dientes!», etc., etc.

Este caballero era conocido como el señor Bamatabois.

La mujer, un espectro melancólico y ajado que iba y venía por la nieve, no le respondía, ni siquiera lo miraba, y sin embargo continuaba su paseo en silencio y con una sombría regularidad que cada cinco minutos la ponía al alcance de aquel sarcasmo, a la manera del soldado condenado que vuelve a pasar bajo las baquetas.

El escaso efecto que producía debió de picar al holgazán; y aprovechando un momento en que ella estaba de espaldas, se le acercó sigilosamente con paso de lobo y, ahogando la risa, se agachó, recogió un puñado de nieve del pavimento y se lo metió bruscamente en la espalda, entre los hombros desnutos.

La mujer lanzó un grito ronco, dio media vuelta, pegó un salto como una pantera y se abalanzó sobre el hombre, clavándole las uñas en la cara, con las palabras más espantosas que podían caer del cuerpo de guardia en la cloaca.

Esos insultos, vertidos con una voz ronca por el aguardiente, procedían, en efecto, de un modo espantoso, de una boca a la que le faltaban los dos dientes incisivos. Era Fantine.

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