Así, ¡extraño capricho del destino! uno de los dos aromas que había buscado con tanta diligencia, aquel en relación con el cual había vuelto a desplegar tantos esfuerzos últimamente y que suponía perdido para siempre, había venido a presentarse ante él por propia iniciativa.
Rompió el sello con impaciencia y leyó:
Señor Barón:—
Si el Ser Supremo me hubiera dado los talentos, bien pudiera ser el barón Thénard, miembro del Instituto, pero no lo soy. Solo llevo el mismo apellido que él, feliz si este recuerdo me recomienda a la excelencia de sus bondades. El beneficio con el que tenga a bien honrarme será recíproco. Estoy en posesión de un secreto relativo a un individuo. Este individuo le concierne a usted. Tengo el secreto a su disposición deseando tener el honor de serle útil. Le proporcionaré los medios sencillos para alejar de su honorable familia a ese individuo que no tiene derecho a estar allí, siendo madame la baronne de alta alcurnia. El santuario de la virtud no puede cohabitar más tiempo con el crimen sin abdicar.
Espero en la antecámara las órdenes de monsieur le baron.
Con respeto.
La carta estaba firmada «Thénard».
Esta firma no era falsa. Era meramente un tanto abreviada.
Además, el galimatías y la ortografía completaron la revelación. El certificado de origen era completo.
La emoción de Marius era profunda. Tras un sobresalto de sorpresa, experimentó una sensación de felicidad. Si ahora pudiera encontrar a