Era grave; de hecho, Mario había llegado a esa primera hora, violenta y encantadora, con la que empiezan las grandes pasiones.
Una sola mirada había obrado todo esto.
Cuando la mina está cargada, cuando la conflagración está lista, nada es más simple. Una mirada es una chispa.
Todo había terminado para él. Marius amaba a una mujer. Su destino entraba en lo desconocido.
La mirada de las mujeres se parece a ciertas combinaciones de ruedas, de aspecto tranquilo y sin embargo formidables.
Pasáis cerca de ellas todos los días, pacíficamente y con impunidad, y sin la menor sospecha. Llega un momento en que olvidáis que la cosa está ahí. Vais y venís, soñáis, habláis, reís.
De repente os sentís apresados; todo ha terminado. Las ruedas os sujetan firmemente, la mirada os ha enredado. Os ha cogido, no importa dónde ni cómo, por alguna porción de vuestro pensamiento que aleteaba libremente, por alguna distracción que os había asaltado. Estáis perdidos.
Vuestro ser entero pasa a su interior. Una cadena de fuerzas misteriosas se apodera de vosotros. Lucháis en vano; ya no es posible ningún auxilio humano. Seguís cayendo de engranaje en engranaje, de agonía en agonía, de tormento en tormento, vosotros, vuestra mente, vuestra fortuna, vuestro porvenir, vuestra alma; y, según estéis en poder de una criatura perversa o de un corazón noble, no saldréis de esta aterradora máquina de otro modo que desfigurados por la vergüenza, o transfigurados por la pasión.