Cuando Cosette salía con él, se apoyaba en su brazo, orgullosa y feliz, con el corazón pleno.
Jean Valjean sentía que el corazón se le derretía de delicia ante todas estas chispas de una ternura tan exclusiva, tan plenamente satisfecha consigo solo.
El pobre hombre temblaba, inundado de gozo angélico; se decía extasiado que esto duraría toda la vida; se repetía que en verdad no había sufrido lo suficiente como para merecer una dicha tan radiante, y le agradecía a Dios, en lo más hondo de su alma, por haberle permitido ser amado así, él, un desgraciado, por aquel ser inocente.
V
La rosa advierte que es una máquina de guerra
Un día, Cosette se miró por casualidad en su espejo y se dijo: «¡Vaya!». Le pareció casi que era bonita. Esto la sumió en un estado de ánimo singularmente turbado. Hasta ese momento nunca había pensado en su rostro. Se veía en el espejo, pero no se miraba. Y además, le habían dicho tantas veces que era fea; solo Jean Valjean le decía con dulzura: «¡Pues no! ¡Pues no!». De todos modos, Cosette siempre se había creído fea y había crecido con esa convicción con la resignación fácil de la infancia. Y he aquí que, de repente, su espejo le decía, como le había dicho Jean Valjean: «¡Pues no!». Aquella noche no durmió.