el filósofo que dice: “Triplicidad fenomenal”, el montero que dice: “Voileci allais, Voileci fuyant”, el frenólogo que dice: “Amoratamiento, combatividad, secretividad”, el infante que dice: “Mi chispa”, el jinete que dice: “Mi pavo”, el maestro de esgrima que dice: “Tercia, cuarta, quiebre”, el impresor que dice: “Mi formón y galera”,—todos, impresor, maestro de esgrima, dragón de caballería, infante, frenólogo, montero, filósofo, cómico, autor dramático, alguacil, tahúr, corredor de bolsa y comerciante, hablan jerga. El pintor que dice: “Mi moledor”, el notario que dice: “Mi salta-canalones”, el peluquero que dice: “Mi blanquecino”, el zapatillo que dice: “Mi osezno”, hablan jerga. Estrictamente hablando, si se insiste absolutamente en el punto, todas las diferentes maneras de decir la derecha y la izquierda, el “babor” y “estribor” del marinero, el “lado del patio” y el “lado del jardín” del tramoyista, el “lado del Evangelio” y el “lado de la Epístola” del bedel, son jerga. Existe la jerga de la mujer afectada así como la de las preciosas. El Hôtel de Rambouillet linda casi con la Cour des Miracles. Hay una jerga de las duquesas; véase esta frase contenida en una carta de amor de una gran dama y muy bella mujer de la Restauración: “Hallarás en esta comadrería una fultitud de razones para que yo me libertinice”. Los cifrados diplomáticos son jerga; la cancillería pontificia, al usar el 26 para Roma, grkztntgzyal para despacho y abfxustgrnogrkzu tu XI para el duque de Módena, habla jerga. Los médicos de la Edad Media que, para decir zanahoria, rábano y nabo, decían “Opoponach, perfroschinum, reptitalmus, dracatholicum, angelorum, postmegorum”, hablaban jerga. El fabricante de azúcar que dice: “Pan, clarificado, terrones, mascabado, común, quemado”,—este honrado fabricante habla jerga. Cierta escuela crítica de hace veinte años, que solía decir: “La mitad de las obras de Shakespeare consiste en juegos de palabras y retruécanos”,—hablaba jerga.
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Libro VII. Jerga
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